La naturaleza seguirá su curso sin nosotros


¿El hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe o es el hombre un lobo para el hombre y para su entorno? El origen de la bondad y de la maldad que se esconden tras las acciones del ser humano es un debate muy antiguo e irresoluble. Hay, sin embargo, una verdad que pocas discusiones admite: sean del calado moral que sean, actos y decisiones del ser humano están llevando al medio ambiente y a todo lo que en él habita al borde mismo del colapso. El problema es que hombres y mujeres parecemos sordos ante el mensaje constante que transmite nuestro planeta, advertencia y esperanza para la fauna y la flora de la Tierra: la naturaleza sobrevivirá a la desaparición del ser humano, pese a los intentos de este de hundirlo todo.




El trabajo del fotógrafo de Reuters Vasily Fedosenko demuestra que, sin el ser humano, la naturaleza sigue su curso son total normalidad y sin tantos problemas. Treinta años después del desastre de Chernobyl, las zonas afectadas por el accidente nuclear son una viva prueba: la población de lobos está en pleno auge, así como la de alces y la de tantos otros animales salvajes que pueblan la vasta zona contaminada de Bielorrusia y Ucrania.
La naturaleza no nos necesita
Treinta años después del desastre de Chernobyl, las zonas afectadas por el accidente nuclear son la viva prueba de que el medio ambiente sólo tiene un enemigo: el ser humano




Inhabitable para el ser humano, pero sí para la vida
Desde el 26 de abril de 1986, Chernobyl es un lugar libre de seres humanos. Tras una prueba fallida en la central nuclear ucraniana, una cantidad de material radiactivo y tóxico 500 veces superior a la liberada por la bomba de Hiroshima convirtió la zona en inhabitable para el ser humano. Más de 116.000 personas fueron evacuadas con urgencia, dejando a plantas y animales como los únicos ocupantes de una “zona de exclusión” más o menos del tamaño de Luxemburgo.
“La gente nunca podrá vivir allí, es imposible, ni siquiera en los próximos 24.000 años”, destaca la ministra de Ecología de Ucrania Hanna Vronska. Hoy en día, solo la naturaleza puebla la zona, que abarca 2.600 kilómetros cuadrados de bosques, pantanos y el campo abierto. Depredadores como halcones o lobos cazan a sus presas sin intrusión humana. Aves, incluyendo cárabos y urracas, anidan en los tejados y chimeneas de los edificios abandonados.








Hay, sin embargo, un debate abierto entre la comunidad científica, que aún no ha logrado determinar qué efector efectos positivos produce en los animales la ausencia humana y cuáles son los negativos de vivir en un ambiente envenenado. Pese a la radiación, el número de lobos es siete veces mayor en la parte bielorrusa afectada en comparación con otras zonas no contaminadas, según un estudio publicado en la revista científica Current Biology.








Más demostraciones de la naturaleza
Otras grandes catástrofes, como el lanzamiento de la primera bomba atómica el 9 de septiembre de 1945, alejaron al ser humano de grandes extensiones de tierra. El periodista chino-norteamericano John Hersey, en un reportaje en la revista Time, relató cómo una superviviente de la matanza quedó impresionada al volver a ver las ruinas de su ciudad.
“Cubriéndolo todo –sobre los restos de la ciudad, las alcantarillas, las orillas de los ríos, enredado entre tejas y fragmentos de techumbre, sobre los troncos carbonizados de los árboles– se extendía un manto de verdor fresco, vívido, lozano y optimista, que crecía incluso de los cimientos de casas en ruinas”, describe Hersey. El relato, que obtuvo un Pulitzer, explica que “la hierba ya cubría las cenizas, y entre los huesos de la ciudad florecían flores silvestres. La bomba no sólo había dejado intactos los órganos subterráneos de las plantas; los había estimulado”




La naturaleza prolifera en Fukushima | Arkadiusz Podniesinski
La naturaleza prolifera en Fukushima | Arkadiusz Podniesinski




El catedrático del departamento de Ecología de la UB, Narcís Prat, resaltó a La Vanguardia la gran capacidad de regeneración de la vegetación frente a la radiactividad. Prat resalta que tras una gran catástrofe destructiva, la naturaleza tiende a recuperar el terreno perdido a través de la llamada sucesión ecológica, una teoría que desarrolló, entre otros, Ramon Margalef, y que estudia cómo animales y plantas van ocupando esos espacios en un carrera de colonización que hace que, por ejemplo, en los ecosistemas de Catalunya, primero, nazcan las pequeñas hierbas, luego los pinos (que se reproducen a los 15 años) y luego las encinas (40 años), hasta conformar ecosistemas estables maduros. “Y en Fukushima ha pasado igual, con la particularidad de que los coches, aunque son un obstáculo, han podido ayudar a proveer agua”, dice.
Los intentos vanos del ser humano
La comunidad internacional construyó, hasta en dos ocasiones, un sarcófago en el que encerrar los restos del reactor para evitar la emisión de más partículas mortíferas. Nada se puede hacer, sin embargo, para descontaminar árboles, plantas y terreno afectado por la lluvia radiactiva que cayó durante varios días en un radio de 50 kilómetros alrededor de la central.




En marzo, la ministra de ecología ucraniana apuntó la posibilidad de convertir la zona inhabitada en una reserva de la biosfera. De esta forma, las autoridades podrían proteger y estudiar las poblaciones nativas de animales en lo que sería la mayor reserva natural europea.




Por el contrario, otros planes consideran la posibilidad de convertir esa área en un almacén de deshechos nucleares o plantas solares. Sea cual sea su destino final, parece que el ser humano seguirá tratando de intervenir en la naturaleza, pese a que esta se enteste a demostrar que sin nosotros le va mucho mejor.
Fuente: http://www.lavanguardia.com/
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